La pátina amarilla de las paredes del conservatorio de música, hacían juego con la loza desteñida del piso. Era una casa derruida y antigua adaptada a la fuerza a las funciones educativas. Las habitaciones se habían convertido en salones de clases y el recibo en sala de espera.
La directora cruzó presurosa la entrada con la mirada fija a su reloj de pulsera, tratando de evitar repentinas solicitudes de la gente. La cola de aspirantes al próximo año escolar daba la vuelta al patio trasero y ella ya estaba al tanto que, luego del segundo día de inscripciones, ya casi no quedaban cupos. Era obvio que mas de la mitad quedaría fuera y eso siempre le descomponía el alma.
La enorme mujer entró a la oficina y dejó su bolso sobre la mesa. Se abrió paso en la silla algo ajustada para el volumen de su trasero, y sacó una carpeta de listas con los cupos restantes para cada salón. Sus pensamientos se batían, entre la fortuna de contar con tantos niños y la poca capacidad de la institución. Comenzó a revisarlas con cuidado.
La secretaria abrió la puerta e hizo pasar a una joven mujer de unos treinta y tantos años, tomada de las manos de sus dos hijas. Una pequeña de tres y una adolescente de trece. La madre entró entusiasmada dando los buenos días, mientras trataba de controlar a la mas chica que no paraba de dar saltitos, queriendo tocarlo todo. Aseguraba estar muy feliz de ser la primera en la cola, ya que el año anterior por llegar tarde perdieron el añorado cupo. Había valido la pena madrugar esta vez.
La directora le indicó la silla para que se sentara mientras observaba detenidamente a las niñas. Temió que la mayor, flaca y espigada con cabello rizado y grandes ojos color miel, fuera la aspirante al cupo. Estaba segura de no tener para ella. Por otro lado, la pequeña, ahora dominada por el regazo de su madre y succionando su pulgar, no lucía interesada en nada. Estas, contabilizaban dos alumnas menos.
Presta la madre, empujo suavemente a la mayor hacia el escritorio. -¿Cuánto cuesta la inscripción para ella?-. Confirmada su sospecha, la directora suspiró abrumada antes de responder y romperles los sueños. –Para su edad ya se terminaron los cupos-. La decepción de la chica e incredulidad de la mujer eran lamentables y sus sonrisas, en solo un instante, se esfumaron.
La mortificada directora intentó animarlas. – El problema es que son los salones que más rápido se llenan. Pero puedo darle un cupo a la pequeña-. La madre buscó la mirada de la hija mayor, quien en un segundo cambió su gesto de derrota a sonrisa de resignación.
Entonces la mujer bajó a la pequeña de sus piernas y le preguntó. – ¿Te gustaría estudiar música aquí?-. La niña muy entusiasmada se sacó el pulgar de la boca y le respondió sonriendo, –¡Si!, ¿Para bailar qué?.- No, mi amor – respondió su madre- Es para aprender a tocar un instrumento musical-. La pequeña niña seguía entusiasta. – Sí, ajá, ¿Pero para bailar qué?-.
La madre ya descompuesta se volteó hacia la directora, –Ella lo que quiere es bailar. La que quiere aprender música y necesita el cupo es ella!-. Señalando a su hija mayor. – Por favor, vuelva a revisar esas listas– . Las tres se quedaron mirándola expectantes.
El silencio se hizo largo mientras la directora revisó de nuevo la carpeta de hojas. Luego de un rato negando con la cabeza, las dejó a un lado. Las miró y se levanto dando por terminada la reunión. – ¡Bienvenidas!.- Todas gritaron de alegría, incluyendo la directora. La pequeña daba vueltas riendo sin entender el porque, pero disfrutando el momento feliz de su familia. La delgada adolescente secaba sus ojos llorosos y también reía.
Esto ocurrió hace ya quince años, cuando mis hijas entre clave de sol y corcheas, tutus brillantes y zapatillas, eligieron temprano y claramente sus apasionados caminos. Desde entonces, el arte alborotó la casa con música y danza. Aquella adolescente, ahora con su largo cabello ensortijado canta hermosa al viento y en escenarios. Y la pequeña, que recién cruzó su segunda esquina de la vida, desde que peinó su cabello en moño y empuñó la falda, no ha parado de girar sus zapatillas con alas!.
Ellas, mientras están llenando sus destinos de alegrias pintan de belleza mi corazón. Definitivamente, madrugar ese día, valió la pena.



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