Cuando los hermanos escucharon la invitación para viajar a Caracas, descosidos de la alegría se aprontaron a decir que sí sin preguntar mucho, tan solo por viajar y salir de Cabimas. Era la década de los ochenta y a sus treinta y tantos años de vida, Pedrito y Darío nunca habían cruzado la frontera de la ciudad. Y ese sería su mayor desafío.
Aún vivían en casa de sus padres en el sector de Guabina, zona árida y calurosa donde había existido una ciénaga cargada de peces con ese nombre, pero que había sido secada por un canal para facilitar las operaciones petroleras. Al crecer la ciudad, los terrenos ejidos fueron habitados por las familias de futuros trabajadores, pero el paisaje seguía siendo un monte despoblado ahora tejido por interminables líneas de tuberías de hierro a lo largo de calles y carreteras.
Eran varios los hijos de Adalsaínda Borjas y Librado Clavel, hombres y mujeres con distintas profesiones y oficios, que para esa época ya se habían casado. Pero Pedrito y Darío parecían no tener intenciones de desposarse ni mucho menos de mudarse. Tampoco se habían destacado en los estudios pero aprendieron de todo un poco, por lo que hicieron de electricistas, albañiles, plomeros y jardineros; no dudaban en adaptarse a las necesidades de los clientes por lo que mas de una vez cuidaron casas, alimentaron perros finos, y regaron matas, siempre encargos de corta duración y poca fortuna.
Pero Adalsaínda estaba de lo más contenta desde que Pedrito había aprendido el oficio de la pescadería puesto que estaba cumpliendo horario como la gente normal y cobraba fijo quince y último. Mientras que a Darío lo prefería con los trabajos ocasionales para que pudiera pasar mas tiempo con ella. Nunca lo admitió pero todos sabían que era su preferido. Él la acompañaba más que su marido, quién se había convertido, desde su jubilación, en un ser silencioso que fumaba todo el día sentado en su mecedora de hierro debajo de las matas.
Para ese entonces, el gocho tenía que llevar una mercancía a la capital y les ofreció pagarle buen dinero por acompañarlo, hasta podrían tomarse unos días y conocer la ciudad. Sería en un par de semanas en cuanto terminara de reparar su estropeado Volkswagen. El entusiasmo era tal que Pedrito antes de pedir permiso en la pescadería, ya había decidido que de negárselo renunciaría sin ningún remordimiento.
Para los muchachos la sola idea de recorrer carreteras rumbo a otros paisajes llenos de colores y dejar atrás el ordinario verde salpicado de tierra de Cabimas era suficiente para valer cualquier sacrificio. Sobretodo conocer Caracas, la flamante capital del país. Bromeaban con echárselo en cara a los primos presumidos de Maracaibo quienes se jactaban de lo modernos que eran por tantas veces que habían disfrutado de los clubes nocturnos caraqueños. Esta vez los «campesinos» también tendrían su oportunidad, saltaban de alegría jalando los días.
Llegado la esperada fecha, los gritos furiosos de Adalsaínda se escuchaban hasta el estadio de béisbol. Batía enérgicamente los brazos al cielo frente a la mirada inquieta pero silenciosa de Librado, quien se había levantado de la mecedora en un gesto de real preocupación por su esposa.
Ella era tan delgada y menuda que normalmente lucía frágil, pero ese estado frenético que la tenía poseída, provocaba gran temor y respeto. El gocho al ver la situación no se atrevió a entrar, se quedó fumando como si no fuera con él, apoyado en su Volkswagen blanco recién lavado. –Gocho puñetero! ¿Como te vais a llevar a esos muchachos por ahí?!, ¡Eso es un peligro, esas carreteras tan lejos!-.
Darío, moreno de cabello despeinado y ojos redondeados y Pedrito de tez clara con cabello casi al rape y grandes orejas que apuntaban al frente, salieron de la sala de la casa con humildes bolsos en los hombros y gorras para el sol. Abrazaron a su madre a la fuerza mientras ella les pegaba con sus esqueléticos puños, tratando de imponer lo que ya no podía. –Bendición mamá-le dijo preocupado Darío, mientras le estampaba un beso en la frente-. Pedrito abrazó a su padre y le sonrió a ella de lejos, esquivando ver su llanto. Entre dientes se despidió –Tranquila mamá, le traemos un regalo, bendición-.
Adalsaínda los vio salir. Ya vencida soltó los brazos y dejó de gritar. Estaban tan contentos, sonreían como nunca mostrando sus dentaduras incompletas y amarillentas, rebosantes de ilusión. Una punzada le atravesó el pecho y se le apretó el vientre. Entonces apurada los bendijo, y el carro arrancó dejando una humareda gris en la calle de Guabina. Los viejos se quedaron inmóviles hasta después de mucho rato, recordando las manos batientes de sus hijos asomadas en las ventanillas.
Rodaban largo la carretera intercomunal, bromeando alegres, escuchando música y mirando el camino ya sin casas, la línea de tuberías los seguía alcanzando, mostrando que aún permanecían en su municipio. Cuando el sol empezó a calentar, la gran autopista se asomó en el horizonte. Ya estaban cerca de la salida cuando el chofer del camión se pasmó al ver la mancha blanca en el cruce y apretó los frenos. La música de la radio se mezcló con el último grito que soltó el gocho. El ensueño estalló y tiño de rojo al monte verde terroso.
Aún no caía la tarde cuando una sombría comisión de la policía trajo la terrible noticia a Guabina. El Volkswagen había quedado totalmente destrozado y los tres ocupantes fallecidos. Según el parte policial, el auto fue arrojado al monte, justo fuera de los límites de Cabimas. Nadie nunca supo que pasó realmente. Se decía que tal vez fue tanta la emoción que los distrajo apenas el viento del camino les rozó la cara. Lo cierto es que los hermanos peregrinos consiguieron salir de los limites de la ciudad, pero tan solo por unos cuantos metros.
Después de la tragedia su madre, entre delirios y un tormento que jamás acabó, le tocó vivir extraviada hasta casi los cien años, saludando y despidiendo de vez en cuando a sus hijos, los aventureros de Cabimas.



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