Se acerca mi cumpleaños y con él los sesenta. ¡Increíble! que lejos los vi siempre y aquí ya están adornándome con dolores nuevos: un codo demasiado presente y quejoso, una rodilla que acompaña la cervical en su tronar y un rostro que me cuesta reconocer cada mañana. Pero a pesar de estos contratiempos estoy fantástica. Me siento muy afortunada, me gusta lo que soy y como estoy, activa mentalmente, físicamente potable, feliz haciendo lo que me gusta y bendecida con dos hijas maravillosas, la compañía de un perro encantador y de dos gatos mimosos.
Los sesenta siempre fueron para mí una edad importante. De niña estuve muy angustiada con la idea de que mi madre moriría a esa edad. Según me había contado, una bruja había vaticinado su muerte para sus sesenta. Afortunadamente paso de largo, y ese año la llegada de mi hija Camila la entusiasmó de nuevo con la vida. Estoy segura le cambió el destino. Con solo la llegada de una sorpresiva diabetes, se mudó con nosotras a la capital; y ya que había logrado saltar la apocalíptica fecha, nos relajamos un buen tiempo con el tema. La equivocación de la adivina fue de treinta y dos años. Mi madre llego hasta sus noventa y dos con la gracia del olvido. Cuatro meses después de su noventa y dos cumpleaños, su alma y cuerpo se despidieron de este mundo dejando en mí, como estaba pronosticado, el oscuro vacío que temí tanto de niña.
Hoy, me toca a mí vivir en carne propia lo que significa este nuevo cruce de esquina. Y como la mejor alternativa es siempre que lleguen los años, decido sortear las dificultades, tratando de disfrutar al máximo el regalo de seguir en este plano reencontrándome con la cerámica. Es posible que por un tipo de crisis existencial que venga en el paquete me pregunto entonces:–, ¿Por qué etiquetar a la gente a partir de los sesenta con el sufijo “naria” ?: Sexagenaria, septuagenaria, octogenaria, nonagenaria y centenaria!,: Todos huelen a añejo, son tristes y te pasa al banco de los anticuados.
Otras etiquetas para cuantificar la edad de la gente suenan altivas y, para nada, ruinosas. Veinteañera, treintona, cuarentona y cincuentona enfatizan la idea de juventud y el estar en el presente; plantadas, guerreras, atrevidas, maduras, y hasta voluptuosas para las últimas. Pero este, el saco de “las narias”, solo te ubican en una canal única de dirección al pasado y cuesta abajo. Es aterrador. Y es por eso que me llamen sexagenaria no estoy de acuerdo. Estoy en el presente y feliz.
No obstante, también hay que acostumbrarse a otros vocablos, no menos temibles ,que también llegan con los sesenta,: “tercera edad”, “doña”, “artrosis”, “Atorvastatina”, etc. Todo suena a deterioro y se hace difícil esquivarlos. Y si, te sorprendes más a menudo con vaticinios de brujas o de médicos que llegan más temprano que tarde. Un día estas bien y al otro estas en la consulta reumatológica con un dedo torcido. Si, también se tuercen los dedos y duelen. Duele exprimir un trapo, duele desatar un nudo, duele tornear el barro, duele empuñar el lápiz; que duela escribir es lo peor.
Lo generoso de llegar al comienzo de “las narias” es que te dejan de importar muchas necedades y te das mas tiempo para ti. Se te hace más fácil decir que no y te dan descuentos en entradas al cine. Es un nuevo comienzo para aprender otras cosas, entre muchas, a ser feliz.


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