Nostalgias de un café: Un viaje personal

El nido vacío que vi siempre lejano, el que tanto escuché a estudiosos y poetas, ahora me lo tropiezo a diario. Creí que llegado el momento el asumirlo lo normalizaría pero me ha desconcertado. Mi madre se fue al culminar su vida y mis hijas lo hicieron para buscar las suyas. Yo me quede en la casa de todas demasiado libre. También cautiva. Cuido sus espacios, sus memorias, a veces floto en el aire, en las cosas, lloro y rio sola.

Hoy un ramo de lirios rojos me saludó en el jardín, regalo exquisito de abril y de las precipitadas lluvias de mayo. El viento se ha tornado más frío y el sol manso. Es una mañana cualquiera de las muchas que han seguido desde que se fueron. Ahora, los días son más callados, el desayuno es poco y el café demasiado. 

Sentada al borde de la escalera me distraigo con las ardillas que recorren las ramas del mango, pelean con las guacharacas por los jugosos frutos que caen desparramados. El joven gato pierde el interés en la querella y se acomoda a mi lado, aprovecho de cerrar los ojos y la brisa me reconforta. El aroma de mi taza de café junto al perfume de las flores me sumergen en una tranquilidad casi completa.

Un par de guacamayas pasan rasantes y sus gritos chillones me recuerdan a mi hija cuando mencionó que las extrañaría. Hace un par de meses que se fue y yo la extraño a ella, a mi compañera de las mañanas, a Camila, la última en irse. La veo venir por el pasillo con su petición de bendiciones y su eterno frío, con su arrastrar de pies en medias y tratando de calentarse con la taza humeante de café con leche de almendras. El gato le saltaba de inmediato y ella lo abrazaba mientras escogía un lugar para sentarse donde tocara el sol. Entonces, yo me deshacía con la gimnasia matinal y ella me miraba en silencio sorbiendo su café. Sonreía divertida, orgullosa de mi entusiasmo con el yoga tan temprano.

Me despedí de ella cada mañana mientras me miraba.

Mis abrazos del alma siempre han sido mas que los de pecho. Me deleitaba el brillo de su abundante y largo cabello crespo amarrado en una cola, con esos rizos rebeldes salidos al azar que siempre le pintan un estilo elegante y salvaje, libre y hermoso, absolutamente de ella.  Extraño saberla detrás de la puerta cerrada de su habitación. Saberla dormida tranquila; pero también saberla que estaba sin estar. Y aunque la puerta de su habitación, ahora, permanece abierta, a veces finjo un poco y la cierro por un rato. 

La nueva pelea de guacharacas despierta mi andar nostálgico. El gato no se ha movido y el sol ha comenzado a calentar la razón; decido olvidar el yoga y entrar a la casa. Hoy será otro día como cualquiera de esos que siguieron. Pero algunos días, más que otros, me sorprende en las mañanas el divino aroma del café con leche de almendras cuando pasan gritando las guacamayas. 

11 respuestas a “Nostalgias de un café: Un viaje personal”

  1. no me puedes hacer llorar antes de entrar al trabajo 😭♥️ te amo mami

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  2. Hasta aquí llegó «el divino olor de café con leche de almendras»🥹hermoso, hermosas….

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    1. Mil gracias, que divina!!!

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  3. Marianela que belleza. Me hiciste aguar el guarapo. Mucho sentimiento pero también mucha madurez al canalizarlo a través de la escritura. Gracias por compartirlo.

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    1. Amiga mía siento tus palabras con esa prosa que te caracteriza tan orgánica tan libre tan auténtica. 🥰🥰🥰

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      1. Gracias por leerme y estar acá!

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  4. …tiempo sin leer tu blog… grato encuentro con tus lineas, me gustaron mucho, las senti cercanas.

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    1. Agradecida de us palabras, abrazos!

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