La lámpara que pintaba de negro las narices

Cuando la niña se despertó, el olor del combustible quemado inundaba la habitación, y como siempre, sus grandes ojos estaban manchados, al igual que su nariz, del humo negro de la lámpara de queroseno.

Se incorporó tan rápido temiendo quedarse dormida, que casi se cayó del chinchorro, y rápido se agarró fuerte de las amarras, mientras terminaba de despertar y entraba en razón. El miedo y la emoción eran tal, que casi no había dormido, porque ese día después de tanto esperar, finalmente conocería a su padre.

Era 1938 y Cabimas lucía repleta de bosques de taladros que coreaban la creciente bonanza de la zona por la explotación petrolera. Pero esta fortuna que había impulsando a unas cuantas familias a la floreciente riqueza, no había siquiera rozado a los Borjas Corzo, quienes se conformaron con iluminar sus noches, con la pequeña lámpara que pintaba de negro las narices. 

Gladys Teresa

La pequeña Gladys Teresa, de tan solo siete años de edad, vivía con su mamá en una habitación de la casa de sus abuelos. Menuda y delgada, se le distinguía desde lejos por los gruesos labios que nadie entendía de quién había heredado, y que asumían, sería de la rama paterna. 

Rosita, su joven madre, hacía dulces criollos que vendía en tiendas y bodegas, y completaba sus ingresos cultivando rosas de colores en el patio, con las que tejía hermosas coronas fúnebres. A pesar de la pobreza, les alcanzaba para vivir tranquilas.

Después de rezar las correspondientes plegarias, aprendidas por la pertinaz formación católica de su madrina Herminia, la pequeña niña se bajó con cuidado de no pisar el charco de orín, que su poca adiestrada vejiga soltaba en las madrugadas, y que desafortunadamente jamás acertaba a la bacinilla de peltre, dispuesta cada noche por su madre debajo del desbaratado chinchorro.  

Con cuidado de no hacer ruido, agarró de la vieja cómoda de madera unas pantaletas limpias, y el bonito vestido amarillo destinado a la misa de los domingos; apuró el paso para salir de la habitación rumbo al baño del patio a bañarse completa, porque para una reunión de tal envergadura, debía quedar perfecta y con olor a jabón. El sol ya comenzaba a calentar.

Jesús García

Ocho años antes, Rosita se había embarazado de Jesús García, un joven y enamorado vecino que, por ser él rico y ella pobre, el romance aunque entusiasta era de carácter clandestino. Y cómo la alborotada actividad petrolera no dejaba espacio para hacer mudanzas ni cambios de colegios a los favorecidos, permanecieron mezclados durante algún tiempo, pobres y ricos. 

Para Rosita definitivamente el amor, no fue lo que había soñado. Nadie supo nunca, cuando, ni cómo se enamoró, del buen mozo con ojos tristes, Jesús García. Especulaban que pudo ser alguna de esas tardes polvorientas de tertulias, sentada en el porche con sus amigas, cuando el espigado joven de familia acaudalada, detuvo su mirada en la fina y bella morena de larga clinejas crespas. Y ella, embelesada con sus palabras de amor, escritas en un encubierto poema, se prendió del ensueño y de sus ojos tristes.  

Lo cierto es, que de ese amor sin historia nació su primera hija. En cuanto los padres del joven se percataron de la situación, quedaron pasmados por el “error” de su heredero y en medio de gritos y desmayos, le prohibieron desposar a la muchacha. 

El embarazo llegó sin velo ni corona, y los hermanos de Rosita ante tal ofensa, prometieron la muerte segura al muchacho. Entonces, la familia García sin darle espacio ni oportunidad a tan posible desgracia, hizo maletas y en fugaz huida, se lo llevaron a Colombia.

Rosita se quedó sin poema, sin amor, con el alma triste y el seno lleno. No lo volvió a ver hasta que su bebé recién nacida, la enfocó con sus grandes ojos dulces; la misma mirada triste de aquella tarde polvorienta. 

La niña vestida de amarillo dominguero y gran lazo combinado en la cabeza, sonreía emocionada mirando por la ventanilla de la embarcación que se bamboleaba por la brisa. Era su primera vez cruzando el lago hacia Maracaibo, una aventura más para ese anhelado día. Su madre la miraba pensativa y nerviosa por el encuentro, no le había dado tiempo de pensar qué podrían decirse.

Habían pasado ya tres días, los que duró en juntar el dinero de los pasajes, desde que recibió el inesperado mensaje de parte de Jesús, pidiéndole llevar a su niña a Maracaibo para conocerla. También le dijeron que quiso darle la sorpresa en Cabimas, pero que durante el desafortunado viaje por tierra se contagió de la fiebre del paludismo, y ahora recluido en el hospital central de Maracaibo, la esperaba. Su Jesús no las había olvidado. 

Los corazones agitados de niña y madre cabalgaban sobre mil caballos, cuando tomadas de la mano caminaron el ancho pasillo del hospital, hasta llegar frente a la habitación, marcada con el mismo número escrito en el pedazo de papel arrugado que llevaba en su mano.  

Rosita se demoró en entenderlo. Una enfermera cambiaba las sábanas blancas de la única cama de hierro vacía de la habitación. Contrariada al verlas, les dijo que había muerto apenas amaneció. La pequeña niña entonces sintió fuerte, un apretón en la mano y otro en su corazón.

Siempre recordaría con tristeza el rostro incrédulo y adolorido de su madre, y el haber pensado que tal vez, su padre había muerto justo cuando ella casi se cayó del chinchorro, esa mañana oscura iluminada tan solo, por la lámpara de keroseno.

14 respuestas a “La lámpara que pintaba de negro las narices”

  1. Avatar de scarletsalazar4e1b418c27
    scarletsalazar4e1b418c27

    Gracias Marianela por tan sentida historia, muy bien contada como siempre . Que lindo tenerte!!!!

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    1. Gracias por estar aquí mi querida!!!

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  2. Guaooo, cuántas historias hermosas y tristes desconocidas😔, gracias por compartirlas con todos los que te seguimos… y nunca es tarde para comprender el por qué de tantas situaciones injustas… Pero por lo menos Gladys Teresa perpetuó a través de su amorosa descendencia, esos hermosos y tristes ojos de Jesús García 😍🥰
    Gracias nuevamente por tan bellos recuerdos familiares 🥰🤗

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  3. Como siempre amiga consigues las palabras perfectas para transportarnos a tus historias .
    Gracias por compartirlas.

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    1. Gracias amiga por estar acá🥰

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  4. Tan triste como maravilloso… Gracias a ti todas esas historias tienen vida! Ya en corazones quien te están leyendo..

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  5. Avatar de Ninoska Di Ferdinando
    Ninoska Di Ferdinando

    Ayyyy que belleza de relato, sublime, Mari, gracias te quiero, Dios te Bendiga

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    1. Gracias Ninoska, abrazos👏🏻🥰

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  6. Que buena narración, siempre quiero leerlas en la tranquilidad de mi sala y saboreando un sabroso café. Mi imaginación vuela hasta Cabimas, pasando el Lago en Ferry, el hermoso Hospital Central de Maracaibo,, la sorpresa de Tota y la tristeza de Gay. Dios te bendiga, mi escritora favorita

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    1. Gracias! Me alegro las disfrutes🥰

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  7. Mana leer historia que desconozco, pero definitivamente son historias que nutren y sensibilizan nuestras vidas, ver q Gladys Teresa, visualizar esas escenas y trer a mi mente a Tota y en fin, gracias mi hna compartir eres y seguirás siendo mi escritora preferida un abrazote

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