La ceremonia encomendada

En cuanto la mujer abrió los ojos sintió una enorme necesidad de visitar la tumba de su hermano, con la urgencia estampada en un reclamo de olvido.
Hasta la fecha se había desempeñado como la guardiana de la memoria familiar, única dispuesta a cumplir con la presencial ceremonia que su madre honraba, y siempre le urgía tanto cumplir: llevarle flores y oraciones a sus muertos.

Cualquier domingo, cada tres o cuatro meses, su madre las despertaba, muy temprano, para salir al Cementerio del Este a desayunar empanadas y a llevarle flores a la tumba de su hijo. Hacía ya más de un año que no iban, el mismo tiempo que la señora llevaba viviendo en la residencia de ancianos; y eso, la dejaba en deuda con la ceremonia encomendada.

Decidida a cumplir con sus responsabilidades y desayunar con las tradicionales empanadas despertó a su hija, pues la ceremonia debía realizarse en familia. Y cómo también el grupo se había reducido con la partida de la otra, pensó que sumar a Mozart, su viejo perro pudle, sería una buena y más nutrida opción.

Ese domingo amaneció lluvioso y frío, tal como había estado el resto de la semana. Mientras la ciudad se preparaba con adornos para celebrar el día del niño, ellas con Mozart figurando como el suyo, salieron despacio tomando la autopista en medio con una tenaz llovizna y cielo tapado, amenazando con aguacero seguro.

Las calles mojadas y la verde montaña en el horizonte cubierta por nubes espesas, ofrecían un tono europeo al paisaje que provocaba regresar al refugio de la cobija. Su hija, que normalmente le costaba despegarse de la suya, iba envuelta con ella saboreando su café mientras miraba aburrida por la ventanilla.

Solo se escuchaba la lluvia y el perro que, de vez en cuando rascaba insistente el vidrio, buscando el viento acostumbrado; hasta que luego de un rato se echaba frustrado en el asiento trasero.

En un esfuerzo sobre humano la muchacha se incorporó para buscar música en la radio, y para desdicha de su madre, consiguió sintonizar una emisora de rock pesado, que las acompañó y le apagó la calma el resto del viaje.

Llegaron a la avenida principal que lleva hasta el cementerio, y cambió por completo la pinta de la ciudad. Parecía más un pueblo turístico que el camino a un camposanto. La gran cantidad de negocios multicolores podían despertar la atención de los más dormidos, y hasta a los muertos que pasaban en las carrozas.

Estos ofrecían desde ramos de flores, coronas fúnebres, y materos, entre otras cosas; también habían humeantes restaurantes de carnes con olor a parrilla, venta de empanadas, cachapas, cocadas, frutas, y los más alegóricos, ofrecían paseos a caballo por la zona. Era indudable la cantidad de público a conquistar.

Con toda la intensión de cumplir fielmente con el encargo, la mujer se detuvo en uno de los negocios más llamativos en belleza y precio de las flores. Un muchachito de unos diez años, desconociendo el día y celebraciones en su honor, salió diligente a atenderla. Le sorprendió su discurso bien aprendido de adulto al ofrecerle precios y calidad de los ramilletes, así como su entusiasmo en el oficio.

Cada frase que recitaba las finalizaba con un mi reina»-, lo repitió tanto, que le sacó una sincera sonrisa solo por venir de un inocente crío. Ella no sabía si admirar su innato talento y precoz picardía, o entristecerse por su eclipsada naturalidad infantil. Aunque esta brotó de inmediato, en cuanto escuchó a Mozart ladrar. El muchachito emocionado, al ver al perro asomado en la ventana , le destapó una grácil y bonita sonrisa.

La mujer con eso satisfecha, le pidió que le escogiera el mejor de los ramos, y el chico corrió a sacar uno enorme que estaba tapado de otros; y luego de recibir la propina, le agradeció con otro muy sentido, gracias mi reina«-.

Así, con un formidable ramillete de flores multicolores en brazos de su hija, y el perro lamiendo el vidrio donde el niño había posado su mano, continuaron el camino al lugar sacramental. Afortunadamente luego de pasar el alborotado pueblo, dejó de lloviznar; y la mujer se relajó en cuanto entró al largo camino de árboles frondosos que retoman el aire sentimental de la zona.

El idilio duró poco. A cien metros antes de llegar al portón de entrada, tropezaron con un letrero que gritaba la prohibición del paso de mascotas al recinto. Como jamás lo habían llevado, nunca se percataron del letrero.

Entonces, aprovechándose de la pequeña cola de carros en la entrada, rápidamente metieron al inquieto perro debajo de las piernas de la chica, y con la cobija y el ramo de flores lo disimularon.

Sorteada la entrada llegaron hasta las parcelas que desde hacía más de veinte años visitaban. Mientras la mujer salió a buscar de alguna tumba con flores secas, un recipiente vacío para las suyas, la muchacha se quedó con el perro en el estacionamiento para que no caminara por encima de ninguna.

Luego de unos minutos buscando la tumba de su hermano, muy desconcertada y definitivamente desorientada, comenzó a desesperarse. No podía conseguirlo. Les habían cambiado las placas de hierro a todas.

En lugar de los especiales diseños que cada familia había elegido y pagado para honrar a sus muertos, unas negras láminas de granito con letras imposibles de leer, estaban instaladas en los diferentes montículos.

Mientras madre, hija y perro recorrían gran parte de la zona, comenzó a lloviznar de nuevo. La indignada mujer no lo podía creer, nadie le había llamado para pedirle permiso. Y de tanta angustia mezclada con hambre le comenzó un dolor de estómago inesperado. La culpa por no haber ido antes al lugar, le estaba apretando el alma y las tripas.

Su hija, quien en el recorrido desesperado había olvidado al perro, notó de repente que éste se disponía a levantar la pata para regar las flores de una de las tumbas cercanas, y corrió hacia él con gritos que lograron detener su penosa intención.

Un emotivo -lo encontré adornó la mañana en los oídos de su madre. Al lado de la tumba escogida por el entusiasta Mozart, se encontraba identificada claramente con su placa antigua, la tumba de su hermano. Pero Mozart, ya relajado también del sosiego de la familia, olió la tumba del vecino y tranquilo relajó su intestino.

Y cómo ambas sospecharon, el difunto en protesta desató la lluvia, que de pertinaz pasó a diluvio y las obligó a correr a protegerse dentro del carro.

Esperaron un buen rato a que escampara para cumplir con la ceremonia encomendada,  pero el cielo cada vez mas encapotado, no mostraba posibilidades de que sucediera; entonces la mujer tomó un impermeable y salió dispuesta a rezarle, aunque sola, una oración en honor a su madre.

Bajo la fuerte lluvia caminó hasta la tumba y acomodó las flores dentro del jarrón. Se arrodilló y arrancó con sus manos el pasto crecido alrededor de la placa, mientras leía el pensamiento impreso que ella misma había escrito, aquella mañana que también llovía, donde prometía nunca olvidarlo.  

Se quedó despreocupada, mojándose en la lluvia y disfrutando de ese espacio que sabía, él también encontraría hermoso. Y aunque no cumplió con exactitud el ritual de oraciones, de ojos cerrados y manos agarradas, ella estaba completamente satisfecha y feliz.

Entonces recordó el fragmento del poema de Gustavo Adolfo Bécquer, que su madre siempre recitaba al salir: “…la noche se entraba reinaba el silencio, medite un momento, Dios mío que sólo se quedan los muertos”. 

Sintió la lluvia en la cara y el frío en la espalda. De nuevo le vino el hambre, y se marchó a buscar las empanadas.

6 respuestas a “La ceremonia encomendada”

  1. Qué lindo mandató cumpliste, y aunque lo sientas improvisado, seguramente él estará muy feliz y complacido por haber marcado la diferencia.
    Un abrazo con mucho cariño y solidaridad, gracias por este recordatorio a mi querido Tito.😍❤️🌹

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  2. Después de tantos contratiempos amiga lograste el objetivo .🙏🙏🙏

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  3. Avatar de scarletsalazar4e1b418c27
    scarletsalazar4e1b418c27

    Hermoso relato. Significativo para todos los que hacemos el ritual de la visita a nuestros muertos en ese camposanto. Es una manera de sentirlos todavía con nosotros. Por allí leí que nuestros muertos los sepultamos en nuestro corazón, y allí permanecen siempre.

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