A Tito, en su fecha de cumpleaños número 53,
Y a mamá, por su dolor de hace tanto.
15 agosto 2015
Ojos grandes y saltones que saboreaban intensos la vida,
alegres y a ratos tristes,
tal vez adivinando el duro final.
Rápido los dedos moldeaban la palabra no dicha
y entre el barro y el agua tibia
el corazón ardiente y generoso
custodiaba celoso
los labios mudos que guardaban su ser.
La arcilla crecía en tus manos, dócil, hambrienta de belleza.
Con ella inventaste mundos nuevos de coloridos pesebres,
vestiste santos con aureolas y bastones dorados
y al anime cristianizaste
convirtiéndolo en castillos antiguos
a las navidades en tertulias inolvidables.

Moldeaste estilizadas bailarinas
con vestidos de vuelos.
Sus finas manos al cielo danzaban coquetas
con picardía se burlaban del viento.
Esculpiste con celestial destreza
extraños rostros que gritaban amores
y máscaras oscuras que adornaban los muros
con silente dolor.
Pero un día el fatídico destino
trajo demonios infectando tus venas,
quebrando las manos y callando el arrojo,
silenciando el sonido de los aplausos futuros,
y apagando el brillo de los grandes ojos.
Espinoso el paisaje y el sonido sin tiempo.
Para su madre desde entonces
distinta ha sido la vida.
La tristeza baño sus ojos y entorpeció la sonrisa.
Extraña de su niño hasta el doloroso gemido
y para tratar de mantenerlo vivo
durante un tiempo recorrió sus mismos caminos
y en la humedad del gres lo abrazó de nuevo.
Ahora ella con quejidos nocturnos riega el silencio
El día lo moja susurrando lamentos.
Llora a toda hora ya sin saberlo.
La dulzura perdida se transformó en bramido
molesta porque solo un vago recuerdo le queda.
Repite a ratos ¡Ay Dios!, ¡Dios mío!.
Pareciera que reta ya sin culpas,
los chocantes designios de la justicia divina.
De tanto dolor prefirió esconder la memoria.
De tanto dolo, secó la alegría y el llanto.
No es justo pasar tanto frío
No es justo haber vivido tanto.
El cuerpo frágil y viejo cada día pesa menos.
Aunque borrosa, mantiene erguida la mirada
animada por la idea de volverlo a ver.
Quiere contarle como ha sido la vida
cómplice le sonríe mientras redondea la arcilla.
Cruel la vejez, se pierde hasta el orgullo.
Ya no tiene fuerzas, ya no tiene grito.
Hasta la vergüenza es solo tristeza
de ver la muerte cada día más cerca.
Ya no está segura si está dormida o despierta,
solo sabe que su niño la espera.
No quiere abrir los ojos, ya no quiere que amanezca.
Cuesta caminar, cuesta respirar,
cuesta vivir, cuesta morir.



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